miércoles, 29 de junio de 2011

CAPÍTULO XII. LA ROMAREDA TOMA EL RELEVO

El ocho de septiembre de 1957 se inauguró el campo municipal de la Romareda. La construcción de un nuevo estadio era necesaria por la proyección del equipo y por una afición floreciente que no tenía cabida en unas instalaciones tan vetustas como las de Torrero. Su edificación culminaba uno de los más importantes ensanches de la ciudad y se ubicaba junto a la Feria de Muestras, que también se iba a ver relanzada en los años sesenta. El partido que abrió la nueva era futbolística de la ciudad tenía también un aliciente especial para la futura familia Ortiz Remacha.

El Real Zaragoza acudió al presidente de Osasuna para que los navarros disputasen el encuentro inaugural y le encargaron a mi futuro suegro Pablo la copa que se llevaría el ganador del partido. Aunque el Zaragoza consiguió la victoria, el entonces presidente del club y futuro alcalde de la ciudad, le ofreció el trofeo a los pamploneses en señal de cortesía y buena vecindad. No se imaginaba el bueno de Cesáreo Alierta que en aquel momento despojaba al Real Zaragoza de una auténtica obra de arte. Que yo sepa, aquella era la única copa en hierro forjado que pudiera existir en las vitrinas de un club.

El fútbol hizo desaparecer paulatinamente al locutor de continuidad y le aproximó a las transmisiones futbolísticas que tuvieron su cénit en la época de los «cinco magníficos». Aunque continuó hasta el final presentando programas musicales, concursos y magacines, esta faceta pasó a un segundo piano dado el interés de los partidos y el tiempo que invertía en los desplazamientos. Su comienzo en «Carrusel Deportivo Terry» desde el campo de Torrero con Vicente Marco, hipotecó los domingos en Zaragoza, de la misma forma que los viajes para seguir al equipo de fútbol le ocupaban los fines de semana cada quince días. En Carrusel permaneció casi treinta años, junto a profesionales de la talla de Juan de Toro, Joaquín Prat, Pepe Bermejo, Juan Tribuna, Fuentes Mora, Miguel Domínguez o Chencho.

 
El cambio a la Romareda fue un alivio aunque la nueva cabina de la Romareda no era mayor que la de Torrero, pero para sentarnos el técnico y yo era suficiente. El Zaragoza era un recién ascendido y la explosión radiofónica tardaría todavía tres o cuatro años en llegar, gracias a la buena marcha en la liga y a los títulos nacionales e internacionales conseguidos. El estadio era amplio, funcional y cómodo, el tranvía llegaba hasta allí y la gente cuando el tiempo era bueno, se acercaba andando a la Romareda. Yo solía hacer una parada en el bar de «Paco el Botas», que se llamaba Gymkana, tristemente desaparecido.

Yo recuerdo también ese bar, donde hacía una «parada técnica» con mi padre en los partidos de septiembre y junio, al comienzo y al final de la liga. Y nunca me olvidaré que uno de esos días fui testigo del debut de Lobo Diarte en la Romareda, compartiendo alineación con Arrúa y Ocampos. Como tampoco se me borrará de la memoria el rito de bajar al portal de casa y que nos recogiera con su flamante Seat 124 Luis Nápoles para ir a buscar a Manolo Muñoz a la avenida Tenor Fleta y de allí a la Romareda.

martes, 28 de junio de 2011

CAPÍTULO XIII. EL DEPORTE COMO ESPECTÁCULO

Por aquel entonces no estaba permitida la opinión ni se realizaban tertulias radiofónicas como ahora. Las entrevistas eran pactadas con permiso de la censura y los informativos no existían. Además de la música y los seriales, muy escuchados, solamente los concursos y las retransmisiones deportivas tenían la espontaneidad del directo y unas grandes posibilidades para la improvisación del locutor. Como el fútbol todavía no se había transformado en el negocio televisivo de la actualidad, otros deportes compartían su importancia y eran seguidos masivamente por los oyentes. El Parque Primo de Rivera acogía emocionantes carreras de motos y sensacionales criteriums de ciclismo, retransmitidos con mucha imaginación por Paco Ortiz que no veía gran parte de la competición desde su puesto de comentarista. Pero la abundante documentación, el apoyo de especialistas y otros recursos dialécticos facilitaban el seguimiento de las carreras. Muy aficionado a la bicicleta por los kilómetros rodados en la Coruña de estudiante, fue todo un acontecimiento para él narrar las pedaladas del legendario Fausto Copi y entrevistarle brevemente en la línea de meta. Años después, con Jesús Gimeno, siguió la Vuelta Ciclista a Aragón e incluso editaron un periódico,
el «Diario de la Vuelta».

Con su buen amigo Manolo Serrano formó un sólido tándem en las veladas de boxeo que se celebraban en Zaragoza, en el Frontón Cinema, cuando este deporte estaba en auge, y posteriormente en la mejor época de Perico Fernández a comienzos de los setenta. Una anécdota curiosa, al mismo tiempo que aleccionadora, fue la que protagonizó en unos campeonatos de natación:

Tenía que cubrir unos campeonatos de España que se celebran en Helios y recoger unas entrevistas con los ganadores. El caso es que, por uno u otro motivo, no llegué a grabarle al campeón de España que se había ido con el equipo de su provincia en el autocar. Como era de fuera, le comenté al técnico que me acompañaba que hiciera él del campeón en cuestión. Le dije lo que tenía que contestar y grabamos la entrevista.
Ya en la radio, la emitimos y nadie se enteró de nuestra pequeña travesura. Pero poco más tarde recibí una llamada telefónica: era del equipo que se había proclamado campeón, que se había detenido a comer en carretera y en el restaurante tenían puesta la radio. El entrenador simplemente me felicitó por la entrevista, que sería exclusiva mundial: ¡el nadador era sordomudo y no podía hablar!

Fue en el fútbol donde se realizó como profesional y adquirió su tremenda popularidad. Ya en La Coruña, junto al gran Enrique Mariñas, recibió las primeras clases de lenguaje balompédico y le tomó afición a narrar con intensidad las jugadas. Años más tarde, con Manolo Muñoz en Radio Zaragoza, fue cuando dio el salto y se convirtió de mero narrador en experto relator de partidos.

A Manolo Muñoz le debo saber leer el fútbol. Yo radiaba, pero no entendía globalmente lo que ocurría sobre el terreno de juego, y mi gran amigo fue también mi gran maestro en la comprensión de las tácticas, en la observación al equipo contrario, en la interpretación de lo que ocurría en el campo. Cuando estábamos juntos, yo radiaba y él comentaba, formando un equipo magnífico por lo acertado de sus opiniones. Además, con su simpático acento cordobés que nunca perdió, le daba otro tono a la retransmisión. Murió demasiado joven, de manera inesperada, dejándome solo ante muchas cosas. Fue mi apoyo, mi confidente y mi mejor ayuda en la radio durante veinte años.

Su primer contacto con el fútbol fue la lectura de los comentarios de un gran periodista, Juan de Torrero, que escribía las crónicas a mano. Como no tenía buena voz y le imponía el micrófono, Paco Ortiz las interpretaba con un tono jovial y espectacular que enriquecía la árida información del partido. En aquellas fechas todavía no estaba construída la Romareda y las condiciones del antiguo campo de Torrero no eran las idóneas para las retransmisiones.

Subir a la cabina era una auténtica aventura. Había que trepar por una larga y estrecha escalera de hierro hasta una pequeña torreta donde no se veía bien el terreno de juego. Estaba detrás de una de las porterías y había zonas donde era imposible distinguir a los jugadores. ¡Menos mal que ya había números en las camisetas!
De mis cuatro años en el antiguo Torrero recuerdo dos momentos inolvidables. Por un lado, la gravísima lesión de Avelino Chaves a causa de una brutal entrada del defensa Olivares. Aún resuenan en mis oídos los gritos de dolor del futbolista que cayó justo debajo de la cabina de transmisión. Para Chaves fue el final de su carrera, aunque jugase durante algunos meses en un ejercicio de profesionalidad que le llevó más tarde a la secretaría técnica del club durante tres décadas.
La otra imagen que quedó grabada en mi memoria fue un partido de ascenso del Real Zaragoza a Primera División. Corría la temporada 1954/55 y hubo que ampliar el recinto con unas gradas metálicas para dar cabida a más público del habitual. Fue una fiesta y toda la ciudad vivió el éxito. Poco después llegó Jacinto Quincoces al banquillo, uno de los ídolos de mi niñez. Poder conocer, dialogar, entrevistar y convivir con el más grande defensa de la selección española, fue un sueño increíble para mí.

lunes, 27 de junio de 2011

CAPÍTULO XIV. LA COPA DE FERIAS

 
Si a nivel nacional su voz fue conocida por «Carrusel Deportivo» y las irrepetibles transmisiones con José Maria García de finales de los setenta, en Aragón es recordado por su zaragocismo y valorado por ser el mejor relatando partidos. Fueron más de dos mil entre primera y segunda división, Copa de Ferias, Copa de la UEFA, Copa del Generalísimo, Copa del Rey, Copa de la Liga, Recopa de Europa y amistosos (Trofeo Ciudad de Zaragoza, Ramón de Carranza o Colombino, entre otros). Y si el más importante fue el que le dio el título continental en Paris en 1995, del que se siente más satisfecho es del que narró desde Leeds en 1966, el partido de desempate de semifinales de la Copa de Ferias.

En la Romareda habíamos ganado por 1-0 gracias al tanto marcado por Carlos Lapetra. En el partido de vuelta perdimos por 2-1. Entonces no existía la solución del valor doble de los goles marcados fuera de casa, ni tampoco el lanzamiento desde el punto de penalty para dirimir el vencedor. Por eso, la diana de Canario no sirvió en ese momento para nada.
Había que jugar un tercer partido, el de desempate, y según cayera la moneda de un lado a otro, el encuentro se disputaría en España o en Inglaterra. Jackie Charlton y Severino Reija estaban junto al árbitro, que debía lanzar al aire el metal y ser el juez del destino. Paré la transmisión, dejé que el silencio se adueñase de las ondas, mientras creía escuchar la respiración contenida de los seguidores zaragocistas desde sus casas. Cuando Reija se echo las manos a la cabeza, comprendí que la moneda había caído del lado británico.

 
Hubo que esperar quince días, seguir jugando la liga y la copa, mentalizarse para la encerrona en el campo del Leeds y volver a una ciudad fría y lluviosa. Las apuestas eran favorables a los locales y aunque el Real Zaragoza acudía como víctima, los espectadores ingleses recibieron una lección de fútbol que todavía no han olvidado pese a los treinta anos transcurridos.

Aquel encuentro fue el más hermoso y emocionante que tuve la oportunidad de llevar a los oyentes a través de las ondas. En tan solo trece minutos el Real Zaragoza había destrozado a su rival con tres tantos impresionantes. Marcelino, Villa y Santos sorprendieron a los confiados jugadores del Leeds mientras enmudecía el estadio.
Yo estaba ronco por la fuerza con la que había cantado los goles, por la locura que suponía un triunfo tan espectacular. Incluso el técnico de la BBC me hizo señas para que disminuyese la intensidad de la transmisión, ya que estaba molestando al resto de periodistas ingleses. Recuerdo que la aguja del potenciómetro quedó atascada por los gritos del tercer gol.

Aún quedaba mucho partido y la calidad de los hombres del Leeds United podía poner en peligro el resultado si los zaragozanos se dejaban llevar por la euforia. Todo Aragón estaba pendiente de la narración de Paco Ortiz, con la oreja pegada al aparato de radio y la mirada perdida, intentando imaginar el prodigioso juego de los «magníficos» en tierras lejanas.

El propio Jackie Charlton le indico al árbitro que esperase unos instantes, que le diese a su equipo unos segundos para asimilar la avalancha de juego que estaban recibiendo de los españoles. El colegiado, que era manco, le concedió al genial futbolista el privilegio y se reanudó un espectáculo que duro hasta el final. El público supo responder al extraordinario fútbol ofrecido con una ovación que obligó a los blanquillos a retornar al terreno de juego cuando terminó para agradecer la deportiva actitud de los aficionados de Leeds.
Yo no podía más y tantas emociones terminaron por quebrar mi voz. Rompí a llorar en antena y me dejé llevar por ese ambiente de entusiasmo y fiesta en el que también se sumieron los oyentes, según me dijeron cuando llegué. No fue una actitud muy profesional, pero vivir aquello me ayudó a mis treinta y dos años a ser más ecuánime y responsable, a no dejarme arrastrar por los sentimientos. Al fin y al cabo, mi obligación era contar lo que pasaba sobre el terreno de juego, sin involucrarme tanto en las sensaciones como para meterme en la piel de los futbolistas y jugar el partido.

Es emocionante saber que la gente te escucha, te considera cómplice de los triunfos o fracasos del equipo a miles de kilómetros de distancia. Pero causa una tremenda frustración enterarte de que todo tu empeño no ha valido para nada y que has transmitido el partido para ti solo. Eso le ocurrió en Plovdiv, en una eliminatoria de la Recopa de Europa, cuando Radio Nacional de España utilizó la línea microfónica de Radio Zaragoza. La emisora estatal tuvo prioridad ante los problemas de comunicación existentes entre las compañías telefónicas de ambos países.

Me extrañó un poco la presencia de Joaquín Ramos antes del encuentro, pero imaginé que estaba allí para cubrir los boletines de Radio Nacional. La mañana no había sido nada favorable, puesto que no conseguí la conferencia con Zaragoza y estaba totalmente incomunicado. Bulgaria estaba hundida entonces en una tremenda pobreza y apenas tenían teléfonos en una ciudad pequeña y oscura.
El día anterior visité las antiguas instalaciones de la emisora de Plovdiv, donde no encontraron nada parecido al himno nacional español; para la megafonía dudaron entre algunas piezas de Albéniz o Falla, pero al final les pareció más apropiado el pasodoble «España Cañí». Pidieron mi opinión como parte interesada aunque, en definitiva, optaron por lo más folclórico.

 
Él intuía que las cosas no iban bien y comenzó a preocuparse cuando vio demasiado tranquilo al técnico de sonido. Los enormes aparatos estaban conectados a los cables que salían de unas viejas cajas de la pared y el micrófono descansaba sobre la mesa, como si estuviera muerto. A través de los auriculares solamente se escuchaba un ligero zumbido, que fue lo único que oyó durante casi dos horas.

Faltaban diez minutos para comenzar el partido y seguía sin retorno, pero el técnico me hizo una señal que yo entendí como afirmativa para el comienzo de la transmisión. Como estaba acostumbrado a las dificultades técnicas en los países del Este de Europa, seguí el mismo método que en otras narraciones, convencido que me oían en Zaragoza. Conté en voz alta de cincuenta a cero y comencé a hablar.
Fue un partido bonito, emocionante, como los que jugaba el equipo por aquel entonces... la verdad es que no me acuerdo del resultado. De vez en cuando volvía la cabeza y le hacía un gesto al técnico, que permanecía como una «vaca sorda» detrás de mí. Yo veía que me miraba raro, pero achacaba su actitud a que no entendía nada de lo que decía. Ya a la vuelta del estadio, de madrugada, cuando conseguí conectar con Manolo Muñoz, me llevé la desagradable sorpresa.

 
Intentó durante el vuelo de vuelta comentar el hecho con Joaquín Ramos, con el que se llevaba muy bien por haber coincidido en otros desplazamientos con el conjunto blanquillo, pero el locutor parecía rehuírle. Ya en Barcelona -el equipo jugaba ese domingo en la ciudad Condal- pudo enterarse de lo que había ocurrido y comprender los motivos del fracaso de la retransmisión.

Radio Nacional decidió a última hora radiar el partido porque el Real Zaragoza estaba de moda y no había nada mejor que ofrecer a la audiencia española en el plano deportivo. Solamente había solicitada una línea microfónica, la nuestra. No había ni tiempo ni medios técnicos en Plovdiv para una segunda instalación y desde Madrid decidieron que primaban los intereses estatales sobre los de una emisora privada de provincias. Lo que más me indignó es que nadie me lo comunicase, que todos allí supieran que estaba radiando para mi y dejasen que diera gritos como un poseso creyendo que salía a antena.

En los albores de la década de los sesenta el Real Zaragoza comenzó su andadura internacional en Irlanda, un país tan enigmático como desconocido para los españoles de entonces. El primer viaje oficial del Real Zaragoza, su primera participación continental, tuvo un origen muy poco competitivo. La Copa de Ciudades en Feria se había constituído como la alternativa a las dos grandes competiciones europeas y tenían derecho a jugarla clubes pertenecientes a localidades importantes con recintos feriales y determinada actividad de mercado. La clasificación en las ligas nacionales no jugaba un factor determinante, aunque el equipo rondaba las primeras posiciones.

Ya había retransmitido con anterioridad algún partido internacional amistoso, pero mi debut oficial coincidió con el primer encuentro que disputaron los zaragocistas en Glentoran. Fue el 26 de septiembre de 1962 y jugaron Visa en la portería; Cortizo, Santamaría y Zubiaurre en la defensa; Tucho y González en el centro del campo; Miguel, Duca, Marcelino, Seminario y Carlos Lapetra en la delantera.
Todo era nuevo para mí: el largo viaje en avión, el húmedo tiempo irlandés y el tratamiento de los dirigentes del club adversario con la expedición. Los periodistas formábamos parte de ella y disfrutamos de las recepciones oficiales, de las impresionantes comidas, de las fiestas que en honor al acontecimiento se sucedieron en aquellos tres días de estancia en Glentoran. Allí probé la cerveza negra y a punto estuve de vomitar aquel brebaje que se tomaba caliente y mezclado con mostaza.

El partido no despertó demasiada expectación y el público apenas se acercó al destartalado campo que presentaba, no obstante, un magnífico césped. La gente se lo tomó con calma y la gran mayoría se colocó detrás de la portería del Real Zaragoza.

 
Cuando terminó la primera parte contemplé, con sorpresa, cómo los aficionados bajaron de las gradas al terreno de juego, caminaron sobre la cuidada hierba y se ubicaron tras la otra portería, donde le correspondía jugar a los aragoneses. Jamás he vuelto a ver nada igual. En lo deportivo, no hubo rival ya que ganamos por 0-2 con toda tranquilidad.
La vuelta, un par de semanas más tarde, fue sentenciada con media docena de tantos, una de las mayores goleadas internacionales del Real Zaragoza en más de treinta anos de historia. En la eliminatoria siguiente nos apeó de la competición el potentísimo equipo de la Roma. Esa misma temporada radié mi primera final de Copa, que perdimos por 3-1 ante el Barcelona, después de eliminar al Athletic de Bilbao, Atlético de Madrid y Real Madrid.

viernes, 24 de junio de 2011

CAPÍTULO XV. INGLATERRA 1966

 
El éxito del Real Zaragoza en las Islas Británicas fue parejo al de Paco Ortiz con sus intensas retransmisiones. Su nombre ya sonaba a nivel nacional a través de «Carrusel Deportivo» y los dirigentes de la Cadena SER se fijaron en este joven locutor. Su voz fresca, cálida y juvenil gustó en Madrid, donde les interesaba incorporar a profesionales de otras emisoras locales para iniciar un proceso de colonización con las emisoras asociadas con una aparente descentralización.

Su debut internacional fue precipitado, porque le llamaron para colaborar en la transmisión de los Campeonatos del Mundo de Inglaterra de 1966 a mediados de junio, en plenas vacaciones de verano. Recibió en Salou un telegrama de Radio Zaragoza donde le indicaban que se pusiera en contacto con Vicente Marco urgentemente.

 
La conversación fue breve pero emocionante. No sabía qué decir, cómo reaccionar, cuando me comentó que iba a radiar con Pepe Bermejo los partidos de la selección española. Tenía sólo una semana para volver a Zaragoza, solicitar el pasaporte, tramitar el visado y tomar un vuelo a Londres. Iba a cumplir treinta y tres años y me daban, de manera inesperada, la noticia más importante de mi carrera.

Con la selección acudieron Carlos Lapetra y Marcelino, aunque no tuvieron una importante participación en favor de los veteranos jugadores del combinado español. La presencia de Paco Ortiz fue seguida con entusiasmo por los oyentes de Radio Zaragoza, que se incorporaron intensamente a las retransmisiones. Era otro mundo, una experiencia inolvidable que le aportó unos conocimientos fundamentales para su futura vinculación con la SER años después.

Por mucho que me esfuerce soy incapaz de recordar mi llegada a Londres. Tengo una vaga idea de la casa en la que nos alojábamos Pepe Bermejo y yo, en un barrio periférico, lejos de la sede de la BBC, donde tuvimos que acudir para resolver el papeleo de las acreditaciones. Vivía en una nube porque me empezaba a codear con los periodistas más importantes del mundo, todos ellos mayores que yo. Estaba ebrio de emociones en un ambiente de gloria futbolística. Afortunadamente guiaban mis primeros pasos Vicente Marco, Jorge Jarner -el jefe técnico-, Fernández del Campo -corresponsal en Inglaterra de la SER- y Pepe Bermejo, que allanaban cualquier escollo y me introducían en esa fabulosa selva radiofónica internacional.

Ambos locutores iban a cubrir los partidos que España disputaría en Sheffield y Birmingham, mientras que el resto del equipo comentaría los otros encuentros del Mundial desde los estudios de la radiotelevisión británica en Londres. Llegó el gran día, su primera transmisión en la SER, su primer partido de la selección española, su primer Campeonato del Mundo... Todo estaba preparado en el estadio, la BBC había dispuesto el complejo equipamiento técnico en una tribuna para casi doscientos comentaristas de todos los puntos de la tierra. Faltaban dos horas para el comienzo del partido entre España y Argentina.

Aquello era impresionante, mi mente captaba las luces, las formas, los sonidos y hasta los olores. No quería perderme ni un solo detalle. Media hora antes del encuentro comencé a dirigirme a los estudios de Madrid solicitando confirmación de la señal que enviaba desde mi puesto de comentarista. Estaba nervioso porque el tiempo pasaba y no escuchaba respuesta y me dirigí preocupado a uno de los sincronizadores de sonido que nos atendía. Con aire molesto, altivo y ofendido, me respondió que no me preocupase. Al fin y al cabo, se trataba de una transmisión realizada por la BBC.

Pocos minutos más tarde escuchó débilmente la voz de los técnicos de Madrid, ratificando el perfecto sonido que les llegaba desde el estadio: «Todo perfecto, Paco. Te oímos claro y fuerte. Enviamos retorno de la emisora. En seguida metemos la careta de entrada y después iniciáis la retransmisión Pepe y tú. ¡Suerte!»
Bermejo, con más experiencia, dejó que fuera calmando su ansiedad con esa pequeña conversación. Era un hombre serio pero cordial, poco amigo de las bromas aunque un excelente compañero. Él sabía que los prolegómenos siempre eran tensos y que el peso de la responsabilidad atenazaba a cualquiera, más aún si se trataba de un joven de provincias que empezaba a rodarse en la cadena privada más importante del país. Paco Ortiz no era ni mucho menos un novato, pero unos Campeonatos del Mundo y en la SER imponían a cualquiera.

No encuentro palabras para describir mi estado de ánimo cuando anunciaron la conexión y comencé a hablar. Me sabía al dedillo los números y los nombres de los jugadores argentinos y a los nuestros los conocía de sobra. Mi preocupación estaba en el ritmo que debía darle al partido, la emoción que tenía que poner en cada jugada y la compenetración con Pepe Bermejo, un experto y magnífico relator de partidos. Los jugadores albicelestes eran capaces de abrumar a cualquiera: Pinino, Artime, Ónega, Rattin, Perfumo, Marzzollini...
El partido era claro para los argentinos, que desbordaban a nuestra selección. Mediada la segunda parte, el marcador era de 1-0 para los rivales. Pero España reaccionó y a las cinco y veinte de la tarde, hora local, canté mi primer gol en un mundial. Fue Pirri, tras una jugada personal, quien batió al meta sudamericano. A partir de entonces, las palabras surgieron solas de mi garganta y olvidamos el tono gris del encuentro para sucedernos en la narración de las jugadas de ambos equipos.
Lamentablemente, de nuevo Artime ponía las cosas en su sitio y conseguía el segundo gol para su selección. Argentina había ganado con justicia a un desdibujado combinado español que empezaba a cavar su fosa en Inglaterra, dos años después de la conquista de la Copa de Europa de Naciones.
Pero la decepción de la derrota no menguó mi satisfacción personal. Esa noche apenas pude dormir recordando cada una de las frases expresadas y los momentos imborrables de una retransmisión histórica para mí.

jueves, 9 de junio de 2011

CAPÍTULO XVI. EN TIERRA EXTRAÑA


La radio no era entonces como ahora. Había tiempo para descansar, para pisar el asfalto de las calles de Londres, para comprobar si era verdad o no aquello del «puré de guisantes». Los periodistas no se lanzaban como una jauría de lobos sobre el seleccionador, ni los teléfonos portátiles acosaban a los jugadores. No había competencia; era el trabajo del medio oficial y de una cadena que comenzaba a escalar en la audiencia, tutelada por el Gobierno. Por eso, Paco Ortiz podía permitirse el lujo de respirar el aroma de una ciudad llena de contrastes, la más grande que había conocido en su vida. En Sheffield, pocos días después, disfrutó de una anécdota graciosa que le hizo ser mucho más cauto en lo sucesivo. En los prolegómenos del partido contra Suiza, el 15 de julio, bromeaba con los técnicos de Radio Madrid sobre el aspecto y los comentarios de un locutor soviético que estaba a su lado: «Junto a mí tengo a un ruso que no le entiende ni su padre», dijo riéndose de su colega. El  ruso se volvió con rostro simpático hacia él y le dijo en perfecto castellano: «Pues yo a ti, si».

Fue una manera de recibir el impacto de un mundo que se le mostraba con una velocidad de vértigo, sin apenas tiempo para contemplarlo en toda su extensión.

Se me subieron los colores a la cara, no supe que contestarle. Le pedí disculpas, que aceptó de buen grado, y ya de vuelta al hotel, más de un vodka calentó nuestros estómagos. Llegó incluso a proponerme ir a Radio Moscú para los programas que emitían para Sudamérica. Naturalmente, decliné su sincera invitación. Por aquel entonces, hablar tan solo del «demonio comunista» ponía los pelos de punta.

Volviendo al partido de fútbol que España jugaba contra Suiza, fue el único de los tres que sirvió de satisfacción a la delegación española en Inglaterra. Se derrotó con claridad a un rival inferior, al que había que superar como fuera para tener posibilidades de completar un digno papel.

El campo de Hillsborugh se me antojó antiguo, vetusto. Suiza aprovechó el nerviosismo de nuestra selección y comenzó marcando. Con 0-1 terminó la primera parte, a la que apenas pudimos dar emoción pese a nuestros esfuerzos. Pero en la reanudación todo cambió, empujó mucho más España y empató el partido... canté mi segundo gol español, y después el tercero, en una genial jugada de Gento que dejó atrás a los defensas suizos y se enfrentó en solitario al meta Elsener. ¡Qué golazo! Mi garganta quedó rota, pero me embargaba una satisfacción difícil de explicar. ¡Habíamos ganado!

Enfrentarse a la selección alemana era todo un reto, las posibilidades de ganar eran casi nulas. Pese a todo, la recuperación apreciada en el segundo encuentro abría las esperanzas incluso a los más pesimistas.

Fusté nos adelantó en el marcador y los jugadores se crecieron. El equipo adversario se desorientó y permitió la creatividad española. Fueron minutos deliciosos de radiar, diciéndole a la gente que ese partido se podía ganar, que el milagro era posible... Pero allí estaba mi admirado Franz Beckenbauer, que ordenó el juego teutón hasta convertirlo en una apisonadora. Emmerich, con una gran dosis de fortuna consiguió el 1-1 y Uwe Seeler, el 2-1 con el que terminó el partido.
No fue justo, no merecimos en modo alguno esa derrota. La selección había realizado su mejor partido y caía derrotada ante los que iban a ser finalistas.

La eliminación provocó un reajuste en el equipo de la SER, dado que la competición había perdido interés. En la sede central de la BBC en Londres, Vicente Marco y Quilates llevaron todo el peso del trabajo. Era una labor periodística, metódica y muy difícil, ante el rechazo que suponía en España todo lo que sonase a Mundial de Inglaterra.

Eran auténticos maestros, yo absorbía como una esponja su metodología de trabajo, sobre todo la organización esquemática de la programación del «jefe Marco». El aún tenía reservada para mí una sorpresa que me hizo palidecer, pero a la que respondí con decisión. Era otro reto que debía superar en mi carrera.

La final de los Campeonatos del Mundo de 1966 estaba a la vuelta de la esquina con ese impresionante Inglaterra-Alemania, veinte años después de la Segunda Guerra Mundial. La SER no tenía puesto de comentarista en Wembley pero el partido había que transmitirlo. Vicente Marco le hizo un aparte a Paco Ortiz en los interminables pasillos de la BBC la víspera del encuentro y le dijo mirándole a los ojos: «Paco, hay que hacer un esfuerzo. ¿Te atreves a radiar la final a través de un monitor de televisión?» Era un auténtico reto profesional. En aquellos años no existía el despliegue de cámaras, las posibilidades tecnológicas, la calidad de imagen a la que estamos acostumbrados actualmente. Se emitía en blanco y negro, por supuesto, con un plano general del campo que dificultaba el reconocimiento de los futbolistas. Comentar así el partido constituía un riesgo difícil de asumir hasta para un experto locutor, pero era una oportunidad única para él. Le dio con fuerza la mano al «jefe Marco» y le contestó afirmativamente. «Está hecho. Radiaré la final». «No será fácil», aseguró Vicente. «Tranquilo, amigo, saldrá bien», respondió mi padre.

Al día siguiente comieron frugalmente cerca de la sede de la BBC y prepararon con esmero la retransmisión. Había nervios, ansiedad, ilusión y cierto temor por la responsabilidad.

Cuando llegué a un gran salón que habían preparado para casi un centenar de locutores con diez grandes pantallas de televisión, sin mamparas de separación entre nosotros, unos enormes butacones y micrófonos por todos lados, casi me arrepentí de la decisión tomada. Yo creía que cada uno íbamos a tener nuestro monitor, que íbamos a estar en un lugar propio, pero el maremágnum era capaz de asustar a cualquiera. Era una auténtica torre de Babel, hablando cada uno en su idioma y a grito pelado. En la pantalla, tan solo teníamos una toma general del campo que a los pocos minutos resultaba ya aburrida. Había que echarle muchos redaños al asunto y ponerle una gran imaginación a la narración. El sonido ambiente se escuchaba perfectamente a través de los auriculares y acompañaba a la transmisión.
Vicente Marco insistía en que el oyente de la SER debía tener la convicción de que estábamos in situ, en el emblemático estadio de Wembley. Pero por mucho que se empeñase no era así, el estadio quedaba a varios kilómetros y no era lo mismo verlo en televisión que en el mismo campo.

Se introdujo pronto en la magia de la final y se convenció a sí mismo de que estaba viendo el partido en directo. Marco sonreía a medida que el tiempo iba pasando y la tensión se iba dulcificando hasta desaparecer. Al final, el veterano periodista le dio un abrazo y con su habitual laconismo -no exento de cariño y admiración por el esfuerzo-, le dijo: «Perfecto, Paco». Estaba destrozado y con los ojos enrojecidos de tanto escrutar jugadores en una pantalla hostil, a varios metros del sillón de tortura. La gran prueba había  pasado  con  éxito  y jamás  olvidaría  esas  dos  horas  de  pasión controlada.

Tuve la inmodestia, la curiosidad de preguntar a una de las auxiliares de prensa que nos atendían en el booking, por la fecha de nacimiento de los comentaristas enviados especiales al Mundial. Debí caerle simpático, porque se tomó la molestia de comprobar el montón de fichas que tenía en un archivador. Para ayudarla, le indiqué que yo había nacido en 1933.
Más de una hora después, me confirmó que era el más joven de todos. Puede parecer una tontería, pero me llenó de orgullo el título honorífico que me autoimpuse en ese momento. Horas más tarde, cuando el avión de Iberia despegó del aeropuerto de Londres, se me humedecieron los ojos. Todo había pasado, podía respirar tranquilo. Le pedí a la azafata de vuelo un gin-tonic y le di gracias a Dios por su silencioso pero imprescindible apoyo.

miércoles, 8 de junio de 2011

CAPÍTULO XVII. SUS PRIMEROS MAESTROS EN EL FÚTBOL

Acompañar al Real Zaragoza en sus viajes por Europa le permitió ingresar en el club de los más selectos periodistas deportivos. Atendiendo sus comentarios, observando su forma de actuar, incorporando sus métodos, tardó poco en ser incluído en un grupo de gran prestigio y que no aceptaba nuevos socios con facilidad.


Al iniciar mi camino internacional sentía un regusto especial cuando intercambiaba opiniones con personalidades como las de Rienzi, Cronos, Gilera, Antonio Valencia, Miguel Ors, Belarmo o Pedro Escartín. Escucharles era aprender, y poder expresarme ante ellos, una satisfacción. Por la diferencia de edad me acogieron con simpatía y me dejaron entrar en un círculo al que no todos tenían acceso. Llegamos a tal grado de confianza que, en ocasiones, cuando se jugaba en los países del Este y las comunicaciones telefónicas les desesperaban por la demora, ofrecía mi línea microfónica para que les grabasen las crónicas en Zaragoza y enviarlas a sus respectivos periódicos.

Le impresionaba el fino estilo literario de Antonio Valencia, capaz de convertir un artículo en una bella página narrativa; o la profundidad y el estudio analítico de Cronos que, con dos frases, era capaz de resumir los noventa minutos de un partido. Con los años, se atrevió a llevarles la contraria simplemente por estimular su ingenio pero, la mayoría de las veces, sus razonamientos eran finalmente compartidos por el joven locutor.

En una ocasión, el maestro Cronos me dio una lección que jamás olvidaré: cansado de que le llevase la contraria, me comentó que si tuviera mi voz, con lo bien que escribía, me quitaría el puesto. Aquella cariñosa reprimenda me dio que pensar, aunque jamás le di la razón, seguramente por esa absurda vanidad de los principiantes.

Hace ya tiempo que se separó de la competitividad, de la lucha por la noticia, de las frecuentes zancadillas que suelen aparecer en el camino del éxito. Su estilo era más reposado, propio de sus veteranos maestros de los años sesenta.

Mis compañeros de Zaragoza siempre me han tratado bien, nuestra relación ha sido correcta y respetuosa, sin ningún tipo de competencia entre nosotros. Recuerdo a Vigil Escalera, Miguel Gay, José María Doñate, Javal, Martín de Urrea y Alfonso Zapater. Los recortes de prensa que conservo de ellos son también parte de mi vida en la radio. Guardo con especial ilusión las crónicas que escribí para el suplemento deportivo de la «Hoja del lunes» a petición de otro gran periodista, Ángel Castellot. Él se empeñó, cuando comenzaban a triunfar los «magníficos», que fuera yo quien escribiese las crónicas. La experiencia duró poco aunque fue muy provechosa porque, cuando llegaba a Zaragoza y leía el texto, pocas veces quedaba satisfecho; decididamente, lo mío era hablar, comunicar, mucho más que escribir.

domingo, 5 de junio de 2011

CAPÍTULO XVIII. EL "ONDAS" AL MEJOR LOCUTOR


Los años sesenta fueron extraordinarios, con una apertura al exterior de nuestro país imposible para la gran mayoría de los españoles, y al Aragón profundo de los pueblos. El entonces director de Radio Zaragoza, Julián Muro Navarro, le propuso viajar por los pueblos de Aragón para que su voz tuviera rostro en centenares de localidades donde la radio era su única conexión con el mundo. El resultado en los programas cara al público y los concursos realizados en el Pasaje Palafox, pronosticaba un éxito arrollador. De ese modo, el programa «Por las tierras de Aragón», se prolongó durante más de dos años, convirtiendo su vida en un auténtico peregrinaje por caminos de tierra, carreteras, estaciones y aeropuertos: de Leeds se marchaba a Monzón, de Alfajarín a Salónica, de Turín a Remolinos... el colofón fue la Copa del Mundo de 1966 en pleno éxito del Real Zaragoza en la Copa de Ferias. Desde la dirección de la emisora se solicitó el Premio Ondas, un galardón muy difícil de obtener por los profesionales que concurrían y la juventud del locutor, tan solo treinta y cuatro años.

Casi tenía olvidado el asunto cuando, una noche de finales de septiembre, me llamó a casa Lisardo de Felipe, que unos años más tarde llegaría a ser redactor jefe de Radio Zaragoza y posteriormente jefe de prensa de las Cortes de Aragón. Con la voz atenuada por los nervios, me comunicó que lo había conseguido y que le alegraba mucho ser él quien me lo comunicase.

Los días siguientes, las fotografías y los reportajes publicados en la prensa local, dispararon todavía más su popularidad. Eran momentos de felicidad, de éxito, que llegaron a su culminación con la ceremonia de entrega en Barcelona, cuna de los premios Ondas, junto a profesionales de la comunicación, músicos, actores y otras estrellas internacionales del espectáculo.

No recuerdo al resto de compañeros premiados en las distintas modalidades, porque todos quedábamos anulados ante la presencia de Roger Moore, galardonado por su interpretación del personaje de «El Santo», una serie de televisión de gran éxito en esos momentos. Tuve la suerte de recoger mi premio, durante la cena de gala de entrega de los Ondas, justo antes de Roger Moore. Recibí la pesada estatuilla (un águila sobre una columna y un pedestal de mármol), que casi se le cae de las manos a la anciana señora que me lo ofrecía con la súplica en sus ojos de que lo cogiera pronto.
Me volví y tropecé con aquel simpático gigantón que me llevaba casi treinta centímetros de altura. ¡Qué impresión! «El Santo» se quedó quieto delante de mi, aplaudió y luego me dio una cariñosa palmada en la cara antes de recoger su premio. Allí estábamos los dos, delante de todo el mundo, cara a cara en una situación que jamás había pensado sucediese.

sábado, 4 de junio de 2011

CAPÍTULO XIX. ALREDEDOR DEL MUNDO

El planeta es cada vez más pequeño y viajar se ha convertido en algo natural, dadas las posibilidades de encontrar un destino que nos agrade y unas condiciones de pago acordes a nuestro presupuesto. Pero realizar un desplazamiento profesional y más como enviado especial a un evento deportivo, es algo completamente distinto. Recordar la tensión de los países del Este cuando estaban subyugados al régimen soviético e incluso el miedo en sus fronteras, parece ahora una novela de ciencia ficción.


El Real Zaragoza jugaba por segunda temporada consecutiva la Copa de la UEFA, en un intento de reedición de los éxitos de los «Magníficos» por el continente. En la fase más oscura del comunismo checoslovaco, el equipo tenía que jugar en Bratislava, encrucijada de espías y agentes del servicio secreto de los países involucrados en la «guerra fría». 
Aterrizamos en Viena y tomamos un autobús para cubrir por carretera el trayecto hasta la frontera. Una vez fuera de la Europa libre, irrumpieron en el vehículo cinco o seis soldados fuertemente armados. Bajaron las maletas del autobús y registraron cada rincón del equipaje. Cuando creíamos que todo había terminado, un oficial del ejército comunista fue entregando los pasaportes uno a uno después de comprobar las fotografías. Me obligaron a descender del vehículo, pero me resistí hasta que me acompañó el intérprete. En el puesto de control, un lugar mal iluminado y con unos muebles desvencijados, otro oficial me indicó que me sentara frente a él, en una mesa donde había una porra y unas esposas.
Él jugueteaba con una pistola, mientras miraba mis documentos y mi rostro. Entonces comprendí el problema: en esos momentos yo tenía una poblada barba negra y en el pasaporte estaba sin ella. El intérprete me dijo que tenía que rasurarme la barba y que en el lavabo tenia brocha, jabón y una maquinilla de afeitar. Me resistí, apelé a los derechos humanos, dije que era periodista... ninguno de mis razonamientos influyeron en su decisión. Comentó que allí mandaba él y que ningún superior iba a tomar cartas en el asunto. Que, o me afeitaba, o no pasaba el control para acceder a Checoslovaquia.
Tuve entonces una luminosa idea: le indiqué al intérprete que le tradujera de la manera más convincente si ocurriría lo mismo a la inversa. Es decir,  si tendría que esperar tres meses en el control de pasaportes si en la foto llevase barba y en la actualidad no. Se quedó pensativo, telefoneó a alguien y escribió unas líneas en los papeles del visado. A empujones, abandoné la miserable habitación y antes de volver al autobús, el intérprete me sugirió que no se me ocurriera afeitarme, ya que en mi documentación se hacía constancia expresamente de que estaba autorizado a pasar con barba.

Las crónicas previas a un partido suelen enviarse desde el hotel de concentración o desde el mismo escenario del encuentro. Los teléfonos móviles han constituído un avance en este sentido, pero hace unos años -si se deseaba realizar un reportaje completo con los jugadores, directivos o entrenador- era costumbre acudir a la radio estatal y solicitar un estudio para el montaje y posterior transmisión por línea microfónica. Desconocer el idioma local es uno de los graves problemas que los informadores tenemos que superar; una cosa es hablar más o menos bien el inglés y, otra muy distinta, cuando los nativos insisten en expresarse en flamenco, sueco o alemán.

Una vez fui con todo el material grabado a la sede de la radiotelevisión suiza y pregunté por el estudio que me habían asignado para enviar las entrevistas. Creí entender que era el «número seis» y me aventuré por los largos pasillos del enorme edificio estatal. Ascensores arriba y abajo, gente apresurada de un lado a otro, total que nadie me hacia caso cuando preguntaba dónde estaba el dichoso estudio.
Al final, por casualidad, lo encontré y accedí a un auditorio con capacidad para cien personas. Sorprendido, permití que una amable señorita me condujera al centro del escenario junto a un piano de cola. El público aplaudió al verme y me quedé petrificado. La mujer me empujó, hablaba en alemán con tanta rapidez y energía que me aturdió. Tomé por un brazo a mi ocasional acompañante y salimos del recinto. Menos mal que ella hablaba algo de italiano y se deshizo el entuerto: esperaban a un pianista ruso que iba a grabar un concierto y se habían creído que era yo.
No sé si el pobre hombre al final encontré el dichoso estudio, o se había encontrado una habitación con un micrófono y dos magnetofones, sin espectadores que le arropasen... pero yo me fui al número dieciséis que era el que me correspondía desde un principio, según la divertida joven que rió con ganas al comprender el malentendido.

jueves, 2 de junio de 2011

CAPÍTULO XX. LA PUBLICIDAD COMO ALTERNATIVA PROFESIONAL


La radio era un medio ideal para desarrollar la creatividad publicitaria. No resultaba muy cara y podía realizarse en los diferentes programas de la parrilla, cara al público y a través de reportajes especiales. Durante muchos años, gracias a la popularidad que le dio el fútbol, Paco Ortiz fue el espíritu de grandes firmas como Spar, Paymar, La Zaragozana y Galerías Primero. Cada una en su época tuvo en la voz de mi padre una identificación instantánea y un asesoramiento personal que fue productivo para todas las partes. En 1972 creó «Special Publicidad», una agencia que en sus orígenes se encargaba solamente de coordinar las acciones comerciales de Spar y que se mantuvo activa durante veinticinco años. La inauguración de estos novedosos e inéditos establecimientos en los pueblos de Aragón fue una auténtica revolución. Este acto, que contaba con la bendición del cura y la presencia del alcalde y del comandante de puesto de la Guardia Civil, se grababa en un magnetofón y se emitía al día siguiente por la radio. José María Solanilla, gerente de la distribuidora, le instaló un despacho en las naves de la carretera de Cataluña, que nunca llegó a ocupar, empeñado en atraerle como director comercial a su empresa. A cambio, le ayudó en el montaje de la agencia en su primera ubicación, en la calle San Miguel esquina Independencia, donde controlaba la producción publicitaria.

Otros clientes, más o menos duraderos, debieron su éxito a imaginación de Paco Ortiz más que a la calidad de sus productos, que fueron mejorando gracias a la necesidad ofrecer una garantía acorde con el comunicador. Estas empresas confiaron sus campañas a Special Publicidad, que se abrió a otros medios diferentes a la radio para una comunicación más integral y participativa. No todos supieron reconocer su dedicación generosa y se aprovecharon de su buena voluntad para rentabilizar, con otros compañeros de viaje, las ideas previamente concebidas en campañas llenas de ilusión. Pero él disfrutaba con cada campaña como si fuese una auténtica aventura.

Recuerdo programas publicitarios como «el personaje misterioso», que tuvo un impacto increíble en la audiencia. Cada día y a distintas horas, decía de pasada algún dato sobre él. Comenzábamos con un premio para entonces fabuloso, doscientas mil pesetas, y cada día se rebajaba mil pesetas si no había acertantes. Todos las tardes a las seis, me colocaba con un magnetofón en un estudio e iba grabando las respuestas de los oyentes. Al «personaje misterioso» solamente lo conocíamos el notario, el director, el jefe de programas y yo, que guardaba en un sobre cerrado la solución. Tan popular se hizo el concurso, que las colas llegaban desde la emisora hasta el edificio de Correos y Telégrafos. Hubo días que tuvimos que solicitar la colaboración de la Policía Municipal para poner orden entre los alborotados oyentes.
También el programa de Chocolates Hueso, «el dulce dinero», o «mi sopa» de Gallina Blanca, tuvieron un gran eco en la radio. Pero quizás el más entrañable para mi fue «Historias de Natacha», un espacio comercial de cinco minutos emitido en cadena. Escribía el guión y lo realizaba técnicamente yo mismo, aunque la dulce voz de Natacha la ponía Cristina, mi mujer. Nadie lo sabía, ni en la emisora ni en Madrid, porque acudíamos a horas intempestivas para grabar los programas y evitar que se descubriera el pastel. Su interpretación fue impecable y ahora me arrepiento por mi exigencia y escasa paciencia, sin que tuviera ningún detalle con ella.

Nunca se me olvidará un momento que se quedó grabado en mi mente, cuando yo tenía diez o doce años. Todos los días, a las tres de la tarde, escuchábamos un programa de un cuarto de hora patrocinado por Cámara Óptico que se llamaba «Compás». Mi padre nos juntó a mi madre, a mi hermano Pedro y a mí en el cuarto de estar, para prestar más atención a la radio. Él terminó diciendo: «Y hasta aquí, Compás, en Radio Zaragoza. Ha sido un placer compartir con todos ustedes este tiempo de radio. ¡Hasta siempre!» Me quedé helado, había terminado un programa al que él le tenía mucho cariño y contó con nosotros para vivir juntos ese momento de pena. Ninguno de los dos pequeños dijimos nada mientras mis padres se abrazaban.

lunes, 30 de mayo de 2011

CAPÍTULO XXI. COMIENZA LA AVENTURA

El histórico partido de Belgrado en 1977, con el extraño tanto de Rubén Cano y el botellazo a Juanito, fue el arranque de los Campeonatos del Mundo de Fútbol de 1978 en Argentina. Junto a la alegría del triunfo, se adhería como una mancha indeleble el terror que vivían en aquel país sus ciudadanos, víctimas de la dictadura militar. La represión fue brutal ante la presencia de miles de periodistas de todos los puntos cardinales durante casi dos meses, para evitar que nada trascendiera a la opinión pública internacional. Pero en España, en pleno proceso democrático, se vivía una gran fiesta y el optimismo se reflejó en los enviados especiales a Buenos Aires.


Era la primera vez que cruzaba el charco y lo hicimos volando en clase preferente, con parada incluída en Río de Janeiro. Viajábamos Enrique Blanco, Vicente Marco y yo, porque García tenía previsto llegar unos días más tarde. El «grueso» de la expedición era Enrique, tan corpulento como buen amigo y excelente técnico. Capaz de, con dos alambres y un tornillo, salir a antena en las mejores condiciones. Junto a su capacidad destacaba su arrolladora personalidad, algo socarrona, pero entrañable y cordial.
Con Vicente Marco era un placer ir a cualquier parte, ya que era el jefe de expedición ideal: lo tenía todo controlado y actuaba con tanta naturalidad, que era imposible que algo saliera mal. Formamos un excelente equipo, sin ningún roce en cuarenta días de convivencia en un país extraño y con una exigencia profesional muy distinta a la de Inglaterra doce años antes.

La llegada de los enviados especiales al recién inaugurado aeropuerto de Ezeiza se produjo bastante antes del comienzo del evento, por lo que todavía la capital bonaerense no estaba colapsada ni por los medios extranjeros de comunicación ni por las tropas del ejército de Videla. El tratamiento de los funcionarios argentinos fue exquisito y aparentemente la vida social no ofrecía ningún tipo de señales que reflejase la situación real.

Del aeropuerto y antes de instalarnos en el hotel Plaza, pasamos por Radio Rivadabia para comprobar si los servicios que habíamos requerido estaban dispuestos. El recibimiento que tuvimos en la popularísima emisora fue sensacional, inesperado; como quien vuelve a ver a un amigo después de muchos años de ausencia. Nos instalaron en el famoso «módulo 40», en el centro de la Radiotelevisión Argentina. Allí íbamos a pasar la mayor parte de nuestra estancia en aquel país y nuestros colegas se encargaron de acondicionarlo para nuestra comodidad.
Aún así, Enrique Blanco se dispuso a darle sus toques personales al estudio desde donde retransmitiríamos para toda España centenares de horas de radio. Al momento se presentó el histórico relator de las Américas, el espectacular «gordo» Muñoz del que teníamos referencia por sus impresionantes narraciones de la selección Argentina por todo el mundo. Nos saludó y se puso a nuestra disposición, abrumándonos con su extraordinario don de gentes y amabilidad. Semanas más tarde, cuando España quedó eliminada, tuve la oportunidad de estar junto a él y aprender de ese portento de locutor deportivo. Su capacidad de improvisación, el liderazgo que ejercía sobre un completísimo equipo y la increíble terminología que utilizaba en las retransmisiones, superaba todo lo que jamás había escuchado.

Antes del comienzo del Mundial se jugó un amistoso en Montevideo, donde fue una fiesta la presencia de la selección española. Ya con García al frente de la expedición, el tratamiento de los medios informativos fue espectacular, con multitud de entrevistas en las estaciones radiofónicas uruguayas. La voz de Paco Ortiz llamó la atención porque «hablaba como en el teatro», e incluso tuvo que grabar diferentes emites de una de las emisoras más importantes de allí. De vuelta a Buenos Aires, volvió a repetirse el tedioso trámite de las acreditaciones de prensa.

El centro de prensa estaba en el mismo estadio del River Plate. Toda la tribuna Belgrano había sido habilitada para los medios de comunicación audiovisuales. Al llegar al vestíbulo central, después de pasar por varias barreras de vigilancia, encontramos amplios ascensores que nos comunicaban con los servicios de acreditación.
Todo era amabilidad, con bebidas y canapés gratis... querían dar al mundo la sensación de una Argentina desarrollada y moderna a través de los mil quinientos periodistas acreditados, pero la tristeza de su pueblo se delataba en el rostro de los bonaerenses. Si aquel Mundial fue un ejemplo de organización fue porque la dictadura militar se encargó de preparar la puesta en escena.

domingo, 29 de mayo de 2011

CAPÍTULO XXII. SE PRESIENTE EL FRACASO

 
La selección española debutó en el estadio del Vélez Sarsfield el 3 de junio frente al combinado austríaco. El graderío estaba lleno, con muchísimos descendientes de españoles que habían acudido al campo para animar al conjunto de Kubala.

José María García y yo comenzamos la retransmisión con ímpetu y alegría, alentados por cincuenta mil espectadores que no dejaban de gritar, pero poco a poco el ritmo de la narración se iba desvaneciendo. España estaba jugando mal y los adversarios se crecían a medida que el tiempo pasaba. Kubala no acertaba en el planteamiento del partido y los jugadores estaban agarrotados.
Un error de Leal favoreció que Hansi Krankl nos apuntillase y consiguiera el tanto de la victoria contra pronóstico. La caja de las críticas se había destapado con durísimas acusaciones a «Lazsy» y un ambiente en «La Martona» que se podía cortar con tijeras.

El segundo partido se disputó contra Suecia y el marcador resultó favorable a España por 1-0, pero las dificultades para la victoria y el escaso fútbol desarrollado sirvió para que toda la prensa nacional siguiera criticando al seleccionador.

El meta Hellstroem tuvo su tarde. De nada sirvió el continuo bombardeo al que era sometido por Juanito, Santillana o Cardeñosa, porque lo paraba todo. La retransmisión fue nerviosa, emotiva, palpitante, pero el gol no llegaba. Permanecía escondido en mi garganta muy a pesar mío. Afortunadamente, Asensi logró el tanto de la victoria, que simplemente servía para ampliar la agonía.

Mar del Plata fue el siguiente punto de encuentro entre la actividad profesional y el conocimiento de una localidad maravillosa. La luz y la alegría, pese a los problemas políticos, inundaban sus calles. Tuvieron tiempo de pasear por ellas, de hablar con la gente, de comer abundantemente en sus restaurantes y de cantar en sus tabernas llenas de humo y nostalgia al borde del Atlántico. El rival de España era Brasil y las apuestas no le daban ninguna opción a los nuestros, que recordaban con amargura el desastre frente a los austríacos.

El partido contra los cariocas fue angustioso por dos motivos: el fracaso parecía cantado y José María no llegaba a su puesto de comentarista. Yo había viajado dos días antes a Mar del Plata en ferrocarril mientras que García tenía previsto llegar con el «gordo» Muñoz esa misma mañana. Comencé sin él la narración, sonaron los himnos nacionales y el choque estaba a punto de dar comienzo.
Apareció en el momento de ponerse el balón en juego. Por señas, me indicó que el vuelo no había sido normal (su cara reflejaba el mareo de un viaje movido) y hasta pasado un cuarto de hora no se metió de lleno en los comentarios del encuentro.
 
El partido fue malo y los jugadores españoles se contagiaron del juego lento marcado por los brasileños. Aún así, había momentos, destellos donde parecía que el milagro podía llegar, ya que los rivales se vieron desbordados por las individualidades de nuestra selección.

Mediado el segundo tiempo, un pase en profundidad de Santillana le dejó el balón en una inmejorable posición de remate a Cardeñosa. El portero estaba batido, en el suelo, toda la meta quedaba libre para el disparo del bético, pero su lanzamiento no tuvo la fuerza suficiente y fue desviado por un defensa en la misma línea de gol. Me quedé con la voz rota, a punto de cantar el tanto, pero este no llegó a materializarse.
Despedimos muy pronto la conexión totalmente decepcionados. Unos minutos más tarde, en uno de los pasillos que daban acceso a la sala de prensa, me encontré cara a cara con Cardeñosa. Estaba totalmente destrozado y me imploró con los ojos enrojecidos cuando iba a colocarle el magnetofón en la boca. Me fue imposible preguntarle nada y le dejé marchar a la sombra de su tragedia. En esos momentos fui más persona que profesional, pero no me arrepiento de mi decisión. Hubiera sido inhumano hurgar en su herida, sabiendo que ese error iba a marcar su futura trayectoria deportiva.

Más tarde, en el centro de prensa, minutos antes del programa en cadena Vicente Marco le preguntó desde el Módulo 40 de Buenos Aires si tenía voces de protagonistas.
-¿Has visto a Cardeñosa?
-Sí -respondió en voz baja.
-¿Tienes entrevista?
-No.
-¿Por qué? -insistió Marco, con tono de disgusto.
-¡Pues porque no, coño! No he sido capaz de preguntarle nada.
El «jefe Marco» suspiró hondamente y no volvió a comentar nada del asunto.

sábado, 28 de mayo de 2011

CAPÍTULO XXIII. EL DESÁNIMO TRAS LA ELIMINACIÓN

España había sido eliminada, todo había terminado, la gran mayoría de los periodistas españoles hicieron sus maletas y regresaron a casa. José María García volvió en el primer vuelo a Madrid pero permanecieron en Buenos Aires Enrique Blanco, Vicente Marco y Paco Ortiz. La SER tenía que cubrir su programación especial, ya que otras cadenas y la propia televisión seguían en la brecha. Estaban contratadas publicitariamente las semifinales y la final al margen de la actuación española. La información descendió a niveles mínimos en nuestro país y eso se traducía en más tiempo de trabajo y resultados menos brillantes. La decepción hizo mella en la audiencia y solamente interesaban los Campeonatos del Mundo de Argentina por las anécdotas o por ver los partidos en color en los primeros televisores de estas características en España.


Los últimos días del Mundial fueron desagradables y llenos de incidencias para mí. Ya se torcieron las cosas cuando me trasladé a Córdoba, porque el avión de hélices con capacidad para cuarenta personas no terminaba de salir. Como no se llenaba el vuelo y teníamos prisa, decidimos escotar los periodistas y pagar las quince plazas que faltaban porque hasta que la nave no estuviera completa, no salíamos.
El vuelo fue malo, alguno de los pasajeros se mareó y yo comencé a padecer un amago de cólico nefrítico que me mantuvo en cama el resto del día con unos dolores muy agudos. Con algo de fiebre y débil por no haber comido nada en varias horas, tomé el autobús que me tenía que dejar en el centro de prensa.
El vehículo se estropeó nada más arrancar y llegamos justo al comienzo del partido. Todos en Madrid estaban preocupados por mi tardanza, yo andaba completamente desorientado y, para colmo, no había recogido las alineaciones ni el dossier de prensa que nos preparaban antes de cada partido. Pero, y esto fue lo más terrible, no reconocía a los equipos. No sabía con qué camiseta jugaban, ni quiénes eran los futbolistas ni cómo se llamaba el árbitro. García, desde los estudios, debió darse cuenta y me fue sacando de dudas; un compañero de otra cadena me pasó las numeraciones y uno de los técnicos de la compañía telefónica local, me aprovisionó de agua. Poco a poco fui tomando las riendas y acabé uno de los partidos más largos e ingratos de mi vida.

De vuelta a Buenos Aires, donde nada dijo al resto del equipo para no preocuparles, tuvo tiempo para recuperarse y pasear por una de las ciudades más maravillosas del mundo. Era el momento de visitar por última vez rincones escondidos, calles llenas de color, plazas donde el aroma le transportaba a otras épocas y lugares en los que había tenido tiempo de meditar en soledad, disfrutando de unos momentos inolvidables. Su estancia en Argentina se terminaba y pronto recuperaría su actividad normal, volvería a ver a su gente querida después de un mes largo de ausencia.

Cinco horas antes del comienzo del partido, los argentinos vivían dentro y fuera del estadio la gran final. Fue un partido impresionante, de los que gusta radiar y yo particularmente quedé muy satisfecho de la retransmisión. No se cuánto tardamos desde la cancha al hotel, porque quedamos atascados en las calles y apenas podíamos movernos.
La gente cantaba y bailaba, era imposible tomar un taxi, los autobuses no podían circular, todo Buenos Aires era una gran fiesta. Terminamos tarde de mandar entrevistas, comentarios e informaciones desde el estudio que improvisó Enrique desde una de las habitaciones del Plaza.
El día siguiente lo dediqué a descansar, a dormir, a terminar de realizar las últimas compras y a prepararme para la vuelta a casa, especialmente para ver a mi hijo Cristian, que había cumplido dos meses.

Ya en pleno vuelo sobre el Atlántico, a varios miles de kilómetros de altura, sus queridos compañeros le obsequiaron con uno de los detalles más bonitos del largo desplazamiento a Argentina. Eran las doce de la noche del 28 de junio, él cumplía cuarenta y cuatro años y dormitaba en la butaca del avión.

La azafata se paró a nuestra altura. Llevaba en un plato un pastel, una botella de champán y unas copas, que dejó sobre las mesitas de nuestros asientos. Me felicitó en nombre de mis compañeros, encendió una vela y nos dejó celebrar en la intimidad mi cumpleaños. Fue un detalle que jamás olvidaré y que puso un colofón sentimental en mi etapa argentina.

miércoles, 25 de mayo de 2011

CAPÍTULO XXIV. LA EUROCOPA DE ITALIA

La Copa de Europa de Italia se disputó el año 1980 y sus resultados deportivos fueron tan decepcionantes como los del Campeonato del Mundo de Argentina. Pero a nivel profesional significó la consolidación de un equipo periodístico que saboreaba sus momentos más dulces. Con José Maria García al frente, Vicente Marco y Enrique Blanco formaban junto a Paco Ortiz un cuarteto difícilmente superable en la radio española. Sus niveles de audiencia jamás llegarán a igualarse, con unas estimaciones de ocho millones de seguidores en la noche y en la transmisión de los partidos. Allí fue, en la narración de centenares de encuentros, donde mi padre vivió una segunda juventud; la experiencia adquirida con el carrusel de viajes al lado de los mejores clubes españoles y con la selección, aumentó su popularidad con respecto a la época de los «Magníficos», que parecía pertenecer a la prehistoria. Italia era la gran esperanza española, un país muy cercano al nuestro y que podía significar un paso adelante para un fútbol que necesitaba triunfos para no caer en el abandono.


Nos alojamos en un pueblecito cerca de Milán, en un hotel antiguo pero muy acogedor, con unas inolvidables vistas a un lago inmenso cuyo resplandor de las aguas nos despertaba cada mañana. En aquel lugar también se hospedaba la selección española y eso favorecía la realización de entrevistas y programas especiales en las vísperas del torneo.

Estos días previos transcurrían con tranquilidad, en un ambiente relajado que les permitió recibir a los jugadores de la selección nacional en el estudio instalado por Enrique Blanco en una de las habitaciones de los enviados especiales de la SER. También acudieron futbolistas de otros equipos, periodistas y hasta aficionados, que le dieron un tono cordial y agradable a esos escasos metros cuadrados llenos de cables, micrófonos y aparatos por todos lados.

Comenzó la participación española con un empate a cero frente a Italia, que era el país anfitrión. Fue un partido bonito de radiar por la emoción y lo incierto del resultado. Pero esos buenos comienzos solamente eran una ilusión, un espejismo. Tres días más tarde España perdió en Milán frente a Bélgica por 2-1. Nuestra selección iniciaba su declive en esta Eurocopa

El sosiego del lago milanés terminaba y el equipo radiofónico tenía que acudir a Nápoles donde se encontraba la nueva sede del equipo español. En la gran ciudad había que resolver unos problemas burocráticos y Paco Ortiz, para descargar de trabajo a Vicente Marco, se ofreció a desplazarse a la oficina de prensa. Era, además, una buena oportunidad para conocer a fondo Milán antes de abandonar la sede.

Tomé el FIAT con cambio automático y me dispuse a recorrer los ochenta kilómetros que nos separaban de nuestro alojamiento. Nunca había conducido un automóvil de esas características, pero en carretera apenas se nota diferencia. Ya de entrada, me equivoqué al tomar el desvío de la autopista al centro de la ciudad y tardé más de media hora en dar la vuelta.
Comenzó a llover torrencialmente cuando admiraba la catedral, en plena hora punta. Salían coches de todos los sitios, empezaba a anochecer y las luces de los faros eran insuficientes ante la cortina de agua que caía sobre las calles. El FIAT se me paró en plena plaza del Duomo y se calaba cada vez que lo intentaba poner en marcha. Estaba histérico, gritaba como un poseso mientras los conductores «rivales» me insultaban entre tremendos bocinazos.
Estuve a punto de bajarme e irme corriendo de aquel desastre, pero el auto arrancó de una maldita vez. Enfilé con miedo la primera avenida grande que ví y aparqué el coche donde pude. Eran las once de la noche y estaba tan agotado, que no tuve fuerzas de buscar un hotel. Me quedé dormido en el coche después de llamar desde una cabina indicándoles a mis compañeros que el papeleo se iba a prolongar un día más y que volvería al día siguiente. Seguramente sospecharon que había ligado con alguna belleza italiana... ¡buen ligue, vive dios! Dormí en los brazos de un FIAT, una amorosa noche que no le deseo a nadie y que, por supuesto, no he contado hasta ahora.